miércoles, diciembre 28

 

En noches tan frías y oscuras como aquella, lo único que podía hacer era acurrucarse por completo bajo las mantas. Sin embargo necesitaba mirar. Procuraba moverse muy despacio cuando asomaba los ojos más allá del borde tibio de la manta. Justo lo necesario para ver a través de la ventana. Las cortinas estaban descorridas por el mismo motivo que le impulsaba abandonar su precario refugio: era preferible el miedo palpable de la realidad al innombrable pavor de sus fantasías.Tras los cristales, fuera, a merced del viento aunque protegida por la oscuridad, la falda de la pequeña colina proyectaba su forma negra sobre la ventana. De día no era más que una pequeña montaña. Verde, salpicada de pinos y matorrales y rocas blancas refulgiendo bajo el sol. Cuando la noche llegaba, la misma protuberancia inocente se transformaba en una amenazadora presencia con vida propia. Las copas de los árboles y los pequeños matojos se bamboleaban con el viento, susurrando amenazas a quien supiera escuchar con atención. Las piedras blancas eran mil ojos observándole mientras dormía. Como la forma que se recortaba en la cima. No había ningún árbol allí. Tampoco ninguna roca de forma extraña cuya silueta pudiera confundirse con la de un hombre tocado con sombrero de ala ancha. Conocía bien aquella loma. Ni los árboles, ni los matorrales, ni las piedras aparecen de repente. Se quedaba mirándola fijamente, intentando vislumbrar en la oscuridad algún brillo, algún fulgor, algo, cualquier signo que pudiera darle un indicio de su naturaleza. Nada. Nunca. Tan sólo aparecía cuando se asomaba entre las mantas y desaparecía cuando, agotado, el sueño acudía a confortarle. Mientras tanto le miraba. Prefería eso a especular sobre qué podía ser; un asesino, un ladrón paciente, un ermitaño maldito, un espectro, un monstruo, un... pero no. Mirándole le convertía en sólo una silueta en la oscuridad. Por eso prefería hacerlo; acostumbrarse poco a poco a la presencia misteriosa antes que, en cualquier momento, la muerte bajara por la falda de la colina y viniera a mostrarle su rostro. Mientras tanto, en noches frías y oscuras como aquella, lo único que podía hacer era acurrucarse por completo bajo las mantas.

lunes, diciembre 19

 
Bueno, pues ya estoy aquí de nuevo... he vuelto hace unos días, pero no he podido hacer casi nada. Demasiadas obligaciones y eso que aún no he empezado la actividad en serio. Ahora mismo estoy pendiente de varias cosas, no puedo escribir nada interesante. Nos vemos pronto, un saludo a todos.

viernes, diciembre 2

 

CERRADO POR VACACIONES
Qué gustazo, por primera vez en mucho tiempo puedo disfrutar de un puente... No me da ninguna pena cerrar el blog por vacaciones, me siento muy muy merecedor de ellas. Así que, amiguetes del blog (los dos o tres que me leeis) hasta pronto y felices vacaciones a quien pueda disfrutarlas. Y a quien no, tranquilos, todo llega, os lo digo yo que de esto sé un rato ;-)))

lunes, noviembre 28

 

MICROCUENTO

Cuando se tumbó en la cama no recordaba para qué se había levantado. Su marido refunfuñó desde el otro lado. Cerró los ojos y durmió un poco más.

Aquella mañana se levantó y fue al baño. Al entrar descubrió a una desconocida dentro, aunque no se asustó. La mujer del otro lado la miraba como si lo hiciera desde una ventana lejana. La observaba con curiosidad, tal vez preguntándose qué hacía una desconocida en su baño. Curioso, era lo mismo que ella pensaba de la otra. Tenía los ojos oscuros y profundos, dos pozos insondables en la cara rodeados de surcos. Le recordaron a una amiga de la infancia. No fue capaz de acordarse del nombre, pero sí que habían vivido muchas cosas juntas. Desconcertada por el encuentro, hizo un gesto con la cabeza despidiéndose, gesto que la otra le devolvió al instante, y decidió volver a acostarse hasta que la extraña decidiera dejarle el baño libre. Había sido muy cordial, pensó, dadas las circunstancias. Cuando se tumbó en la cama no recordaba para qué se había levantado. Su marido refunfuñó desde el otro lado. Cerró los ojos y durmió un poco más.

Aquella mañana se levantó y fue al baño. Al entrar descubrió a una desconocida dentro, aunque no se asustó. La mujer del otro lado la miraba como si lo hiciera desde una ventana lejana.

martes, noviembre 22

 
El tiempo pasa, sin compasión. Una semana ya en el paro y sigo descolocado. Intento forzar mis ritmos circadianos a la nueva situación, pero van por libre. Las dos de la madrugada son las dos de la tarde para la glándula encargada de decirle al resto del cuerpo "eh, que es de noche, a dormir". Ya se acostumbrará. De momento aprovecho las horas de vigilia para ver cine atrasado, escuchar algo de música, escribir chorradas, leer cómics viejos... en fin, matando el insomnio de la manera menos dolorosa; después de todo llevamos muchos años siendo colegas. También le doy vueltas y vueltas a los aspectos más engorrosos de "cómo crear una productora de porno sin volverse loco", pero es del todo imposible: hay que estar loco para embarcarse en algo así. Mejor. Así me libro de seis años de aburrimiento e inactividad. Si hay alguien por aquí interesado en aportar ideas o colaboración estamos abiertos a todo. Gracias. Seguiremos informando.

sábado, noviembre 19

 
Bueno, da igual, qué más da, me la pela... aunque sólo me lea el coleguita del Ciruelo Mecánico (recomendable al máximo) y la amiga WhiteQueen (igualmente recomendable) voy a seguir publicando el blog. Total, para tener cuatro folios guardados en un cajón prefiero colgarlos aquí. Que les de el sol y se aireen. También es una buena terapia de desahogo. Es curioso, por el simple hecho de entrar al blog y soltar unas pocas paridas, me siento bien. Supongo que cuando emprenda mi aventura como productor guarrindongo me irá incluso mejor. Liberar tensiones escribiendo siempre ha sido una forma de escape y esto de publicar es una buena válvula. Aunque no me lea casi nadie. Sí, seguiré por aquí una buena temporada...

jueves, noviembre 17

 
Bueno, pues ya está el cuento de marras. Me gustaría que alguien lo pusiera a parir si cree que lo merece, más que nada para hacerme una ligera idea de quién me lee aunque no comente. No cuesta tanto un "ey, me pareces un gilipollas". Si escribo un blog es para compartir, lo bueno y lo malo, así que dejad comments, please. Gracias.

 
LA BUENA HIJA (y IV): relato guarrindongo en 4 capítulos.

Me esmeré en prepararme para no parecer que me había esmerado. Rimel en las pestañas pero nada de sombra de ojos; sin pintalabios pero sí un poco de perfilador, muy suave; el cabello recogido con descuido aunque dejando bien al descubierto la nuca. Esa blusa blanca abierta, no demasiado, la que se ajusta al cuerpo de manera que se notan los pezones cuando están erectos. Unos pantalones negros y sobrios, marcando bien el trasero y el tres cuartos de piel marrón tapándolo hasta la mitad. Debajo de todo ello, lencería fina y unas gotas de perfume carísimo comprado en New York, quinta avenida. Papá, lógicamente, era inmune a esos encantos medio disimulados, así que cuando entré en el despacho de la fábrica el único que se puso nervioso fue su empleado. Precisamente el padre de Christian. Tras una conversación banal y una aburrida disertación sobre negocios, me despedí. Mi intención era salir por el almacén. Allí trabajaba él.

Estaba sentado en su escritorio, tecleando el ordenador. No me vio hasta que llegué junto a la mesa, apoyándome en ella, tal vez inclinándome demasiado. Tenemos que hablar. Y, dijo, ¿de qué podría hablar con la hija del jefe? Por un instante, pensé que era su forma de decirme que estuviera tranquila, que no pensaba hablar. Por un instante. Perdí la poca inocencia mucho tiempo atrás en el despacho de un papudo profesor de sociales. Lo sabes de sobra. Puede. Lo sabes. Está bien, suponiendo que lo supiera, has venido a hablar... pues habla. Me humedecí. No sé explicarlo. Era la primera vez en mi vida que alguien me dominaba. Me sentía a su merced, sometida, atada, impotente. Y eso, no sé por qué, me excitaba. Carraspeé antes de poder hablar. Mis pezones iban a reventar bajo el sujetador y él los miraba con descaro. Por fin articulé mi preparado discurso. He pensado que podías decir algo sobre la fiesta del otro día; sólo quiero que sepas que, si lo haces, haré que papá te despida, a ti y a tu padre. Se rió. El muy cerdo se rió de mi farol. Y eso me puso cachonda. Estaba confundida. Por una parte, se reía de la amenaza, por otra, eso, en lugar de enfadarme, hacía que mi sexo babeara. Sentía la humedad resbalar por mis muslos. Estaba confundida e incómoda. No debí hacerlo pero le pregunté de qué reía. De ti, niña; no puedes hacer que nos echen, ¿crees que tu padre es idiota? No, no lo era. Sólo eres una niña pija que juega a manipular; tu padre no despediría a dos empleados de confianza por el capricho de una cría mimada; aquí no pintas nada; tienes mucho que perder, para empezar quedarías en evidencia; la fiesta no es nada, pero la confianza de papá lo es todo ¿verdad? No respondí. ¿Verdad? Preguntó casi gritando. Sí; no se lo digas, por favor. Se quedó mirándome. Sus ojos me quemaban con ese odio. ¿Por qué me odias tanto? ¿Sabes? A mí puede interesarme ganar el respeto de tu padre; si le ayudo a llevar por el buen camino a su niñita, ganaría muchos puntos. ¿Por qué me odias? No te odio; te desprecio. Las piernas me temblaban. El cabrón me tenía en sus manos. Yo seguía excitada como jamás lo había estado. Podía haber tenido un orgasmo en cualquier momento. No se lo digas, por favor; haré lo que sea.

Lo deseaba. Deseaba con todas mis fuerzas que aquel hijo de puta me rasgara la blusa allí mismo, me tumbara sobre la mesa y me forzara hasta hacerme perder el sentido. No sucedió nada parecido. Se levantó y me ordenó que le siguiera. Fuimos hasta un sucio y maloliente cuartucho. Era estrecho y estaba repleto de utensilios de limpieza, apilados sin orden, apoyados en las asquerosas paredes y tirados por el suelo. Por fuerza, nuestros cuerpos se tocaban. Intentaba apartarme de él, haciéndome la acorralada. ¿Qué quieres de mí? Se lo pregunté con la respiración agitada y haciendo caer los ojos. El labio me temblaba. Arrodíllate. La orden sonó como un estallido. ¿Cómo? Ya lo has oído. Me arrodillé temblando, mitad de miedo y mitad de excitación. No, por favor, eso no, dije sollozando. Me levantó la cabeza tirando de la barbilla. Eres una puta y te voy a tratar como una puta. No, por favor. Creo que conseguí derramar alguna lágrima. Ya sabes lo que quiero. Bajé la cremallera del pantalón. Metí la mano dentro y toqué su pene. Estaba duro como un diamante y palpitaba tanto que sentía la sangre correr por sus gruesas venas. Noté su mano pellizcándome un pezón, retorciéndolo. Me dolía. Me dolía y me gustaba que doliera. Dejé que llevara su miembro a mi boca por la fuerza. Lo metió casi hasta la garganta y en ese momento creí desmayarme. No fue una mamada. Me folló por la boca. Entraba y salía de ella como si fuera un coño. Apretaba el glande contra mis amígdalas y yo borboteaba saliva cuando la sacaba, cayendo cuello abajo hasta mojarme los pechos y el vientre. Eyaculó en mi cara mientras le masturbaba. Noté el sabor ácido del esperma cuando introdujo de nuevo su falo hasta el fondo. El líquido viscoso me irritó la garganta y tosí. Cuando terminó todo yo había tenido un orgasmo balanceándome con los muslos apretados.

Necesito lavarme la cara, dije. El semen se adhería a mi pelo, me escocía en los ojos. Toma. Me tiró un trozo de papel secamanos arrancado de un rollo. Necesito lavarme, repetí. Pues te aguantas. ¿Por qué no me has follado? Yo no follo con putas. No soy una puta. No cobras por follar. Eso es ser puta. Y muchas más cosas también. ¿Por ejemplo? Por ejemplo venir aquí vestida como una puta amenazándome y deseando que te follara por callar. Yo no deseaba que me follaras. Entonces eres más puta aún, y mentirosa. Me había limpiado pero todavía sentía la cara y el pelo pegajoso. Por favor, necesito lavarme. Me cogió del cuello y me levantó. Te vas a ir; te vas a marchar de aquí tal como estás y no me toques más los cojones. Entonces supe que le tenía comiendo de la palma de mi mano. El odio de su mirada, aunque intentaba aparentar lo contrario, había desaparecido. Salimos del maloliente cuartucho y él se dirigió a su escritorio dándome la espalda. No me miró tampoco al sentarse y seguir tecleando como si nada hubiera pasado. Salí del almacén mirando hacia atrás, por si me miraba. No lo hizo. Tomé el autobús hasta casa. Durante el trayecto notaba aún el olor agrio del esperma bajo la nariz y la piel tirante, pegajosa. Alisé mi pelo temiendo encontrar un rincón donde no hubiera limpiado bien. Y sentía las miradas de la gente clavándose como si supieran lo que acababa de ocurrir; oliendo lo que yo olía, sintiendo en sus gargantas la irritación que yo sentía y en sus paladares el mismo regusto ácido. Paranoia. La paranoia, me dije, juega malas pasadas; pero también puede salvarte la vida.

Soy la niña buena de papá. Siempre lo he sido. Y seguiré siéndolo. En este puerco mundo, unos dominan y otros son dominados, aunque a veces los dominantes vivan en una ilusión y estén sometidos sin saberlo. Es la mejor forma de controlar: dejando que el esclavo crea ser el amo. Me di cuenta en la oficina de un profesor y lo había corroborado en un sucio cuarto de la limpieza. Christian me llamará. Vendrá a buscarme, es cuestión de paciencia. Disfrutaré doblemente con el juego. Me proporcionará lo que el imbécil de mi novio no es capaz y someteré al empleadillo haciéndole creer que me tiene atrapada. Jugaré mi póquer de ases con cuidado y, un día, cuando tenga más poder del que mi padre ha soñado nunca, cuando todo lo suyo sea mío... ese día será demasiado tarde para muchos.



 
LA BUENA HIJA (III): relato guarro en 4 capítulos

¿Hablaría? No tenía miedo de la bronca. Ni del castigo. Tal vez no llegara ninguna de las dos cosas. Soy mayor de edad, tengo derecho a organizar una fiesta en casa. Si mentí a mis padres para montarla fue por la misma razón que ahora me hacía sentir miedo: la pérdida de confianza. ¿Qué iba a ser de la inocente y aplicada niña de papá cuando se enterara de la mentira, de su licenciosa vida oculta? Quedaría desarmada. Ya no más caídas de ojos, se acabó la reputación intachable. Toda una vida trabajando una imagen para nada. No podía dormir. En mi cabeza se sucedían imágenes de la escenita. Christian entrando en el despacho de papá. Diciéndole, no chivándose porque mi padre odiaba esas cosas, que vigilara a su retoño cuando le quitara el ojo de encima; que le habían llegado rumores; que se decían cosas feas por ahí. ¿Podría más la confianza de mi padre en mí? ¿O sería más fuerte la curiosidad, el afán de verdad? Le bastaría una llamada a un carísimo detective. Ya lo hizo una vez, cuando comencé a salir con el imbécil. Aunque tuviera cuidado a partir de entonces, la paranoia ganaría al final. No podría dar un paso sin mirar a mi espalda. Soy el tesoro más preciado de papá y él, el todopoderoso, siente la amenaza constante sobre su joya favorita. Si disminuyera un ápice su confianza en mí... no quiero ni pensarlo.

Tampoco podía acudir a Christian y pedirle, sin más, que no dijera nada. Ese brillo de rencor en el fondo de sus ojos me daba miedo. ¿Envidia? ¿Celos? ¿Codicia? ¿Deseo? Podía ser cualquier cosa. No, no podía acudir a él en busca de compasión. Y sin embargo sabía que el tiempo estaba en mi contra. A medida que pasaban los días, la paranoia crecía. Una mirada fugaz de mi padre la interpretaba como una mirada suspicaz. Un favor no concedido paralizaba mi voluntad para insistir y hacía bajar mi autoconfianza varios enteros. No podría continuar así mucho más. Tenía grandes planes para el futuro. En esos planes papá jugaba un papel protagonista y su dinero, su empresa, sus acciones, eran un medio. Su confianza era vital y estaba en juego por un simple error. Un insignificante empleado que había visto demasiado. Debía hacer algo. Matarle me parecía excesivo, fantasioso. No conocía a nadie capaz de propinarle una paliza. Podría comprarle, pero el plan para sacarle tanta pasta al viejo sería complicado, muy arriesgado. No tenía remedio. Debía sacarme yo misma las castañas del fuego. De la única manera que sabía.


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